“El olvidado de la celda 57” se alza con el primer lugar en el Campeonato Internacional de Cuentos de Consignas de Escritores 2026

by | Abr 6, 2026 | Noticias

Un relato con una fuerza narrativa y una realidad social devastadora, la autora hace apología a la palabra “amnistía”, otorgando una chispa de esperanza a Simón Carmona, el protagonista de esta historia, quien se convierte en el “olvidado de la celda 57”, al no concretarse para él, la tan ansiada libertad.

El Noveno Campeonato Internacional de Cuentos de Consignas de Escritores 2026, organizado por Alejandro Segnini, Vanesa Báez y Henry Delgado, reunió a más de 620 escritores de largo data de 27 países de habla hispana, como México, España, Cuba, Ecuador, Venezuela, Colombia, Chile, Argentina, Honduras, Guatemala, Perú, Bolivia y otros.

“Este triunfo es un homenaje a los muchos Simón Carmona, que el susurro de la libertad apenas rozó y que continúan esperanzados en que la Amnistía no los olvide y les permita volver a abrazarse a la dignidad”, expresó la autora y periodista venezolana.

Considera Yosmar Poleo, que aún existen muchos olvidados en las celdas de las cárceles de Venezuela, por lo que hizo un llamado a que cada causa sea revisada con humanidad y celeridad, para que la palabra Amnistía, sea reivindicada y no continúe siendo solo un eco lejano para los muchos que aún no los ha rozado.

A continuación el cuento ganador del Noveno Campeonato Internacional de Cuentos de Consignas de Escritores 2026, de la venezolana Yosmar Poleo.

El olvidado de la celda 57

La fría prisión despertaba antes que el sol. A las cuatro de la mañana el sonido de las rejas golpeando los barrotes recorría los pasillos como una campana de hierro. Era un ruido seco, definitivo, que recordaba a cada hombre allí dentro que el día comenzaba exactamente igual que el anterior, quizá con más o menos suerte pero siempre se quedaba en la evocación de un suspiro de libertad.

En la celda 57 estaba recluido Simón Carmona, un profesor universitario que había pasado tres años de su vida, en una celda, aprendiendo la lección más difícil de su andar, observando al infinito a través de una pequeña ventana que apenas le obsequiaba un rayo de luz, pero con eso se conformaba aquel hombre de 53 años, a quien le habían arrebatado su libertad, sembrando mentiras, falsedades y traiciones.

Muchas veces hacía catarsis, cerrando una y otra vez sus ojos e imaginando el aula de clases donde enseñaba y recibiendo la ovación de sus alumnos. Recordaba el olor de los cuadernos nuevos, la risa de los estudiantes, la tiza deslizándose sobre el pizarrón. En fin, en su memoria la vida seguía intacta, detenida en el día en que lo arrestaron por levantar un cartel durante una manifestación pacífica, que decía: “Más prefiero una libertad peligrosa que una esclavitud tranquila”.

Aquella mañana de cuaresma, algo diferente flotaba en el aire. Sus carceleros hablaban entre ellos en voz baja, y los presos se acercaban a las puertas con una ansiedad difícil de ocultar, pero con una sonrisa dibujada en el rostro que ansiaba libertad.

—Dicen que aprobaron la ley —susurró Luis Cedeño desde la celda contigua.
—¿Qué ley? —preguntó Simón, levantando la mirada.
—La amnistía. Dicen que van a liberar a los presos políticos.
La palabra amnistía cruzó el penal como una chispa de luz en la oscuridad. Algunos comenzaron a rezar, otros golpeaban suavemente las paredes para avisar a los compañeros de otros pasillos. Después de años de silencio y tormento, aquella palabra parecía abrir una grieta en el muro de la esperanza.

Simón no quiso emocionarse demasiado, después de dos años y medio cabalgando en el pesimismo, ya nada le parecía verdad. En la cárcel se aprende que la esperanza, cuando se rompe, duele más que las cadenas y los grilletes.

Aun así pensó en Martín y Victoria, sus hijos. Cuando lo detuvieron tenían once y siete años. La última vez que los vio junto a su esposa, en una visita antes de partir a otro país por temor a persecución y represalias, en ese momento intentó no llorar mientras los abrazaba a través del frío olor de la prisión. Soñaba con volver a caminar con ellos por la plaza de la universidad donde enseñaba lecciones académicas y de vida.

Las horas avanzaron lentamente.Cada minuto parecía estirarse como si el tiempo mismo dudara en continuar. Al caer la tarde, un guardia apareció con una hoja en la mano.

Los presos se agolparon contra los barrotes.
—Voy a leer algunos nombres —anunció con voz cansada.
Comenzó a leer.
Cada nombre era una explosión de gritos, abrazos, lágrimas. Hombres que habían olvidado como sonaba la palabra libertad la repetían como si fuera un milagro recién descubierto.

Simón escuchaba con el corazón golpeándole el pecho y sus manos sudorosas.
Uno tras otro, los nombres fueron desapareciendo de la lista.
Pero el suyo nunca llegó.
El guardia dobló el papel.
—Eso es todo.
El silencio se apoderó del pasillo con el peso de la nostalgia y la incertidumbre.

Algunos hombres reían mientras recogían sus pocas pertenencias. Otros se quedaban impávidos, mirando el suelo como si el mundo hubiera decidido olvidarlos.
Luis golpeó suavemente la pared.
—¿No estabas tú?
—No —respondió Simón.
—Pero tú no hiciste nada.
Simón dejó escapar una risa casi rota por la nostalgia y la desolación.
—Aquí muchos no hicimos nada.
Esa noche la prisión volvió a su rutina: Los pasos de los guardias, el eco de los cerrojos y el olor húmedo del concreto.

Desde su pequeña ventana, Simón miró el cielo oscuro que se extendía sobre Caracas.
Pensó en esa palabra que había cruzado el país como una promesa: Amnistía.
Una palabra que en las noticias hablaba de reconciliación y esperanza.
Pero que dentro de aquellas paredes seguía siendo solo un eco lejano.

Simón apoyó la frente contra los barrotes fríos.
Tal vez algún día alguien escribiría la historia completa.
No la de los que salieron celebrando bajo el sol.
Sino la de los que quedaron atrás.
Los nombres que nunca fueron leídos.
Los hombres que la libertad rozó apenas… y luego siguió de largo.
Porque mientras afuera el país hablaba de justicia, en la celda 57 el silencio volvía a ocupar su lugar.
Como si la promesa nunca hubiera existido.
Como si aquellas celdas, llenas de inocentes, todavía esperaran que alguien recordara que la libertad también tiene memoria.

Simón pudo conseguir con uno de sus carceleros un cuaderno y un lápiz con poca punta donde comenzó a escribir día tras día, frases conjugadas con la palabra amnistía, la cual para el nunca llegó, ni para muchos de sus compañeros de celda.

La esperanza estaba ahí oculta entre los latidos de su corazón, pero como buen académico entendía que el papel lo aguanta todo, mientras su realidad era oscura y desoladora, al igual que la de muchos que nunca más pudieron abrazarse a la libertad.