Este mes se celebra el Día del Padre y, como nadie va a leer ese día una columna hablando del padre ajeno, escribo estas líneas hoy. Lo hago porque en estos días, sentados en el balcón de casa, mi padre y yo tocamos por primera vez un tema que ambos habíamos estado esquivando: Rodeo I, la cárcel que no era cárcel, donde estuve 17 meses desde que le dije a Nicolás Maduro que se había robado la elección y que estaba violando la Constitución al detener a miles de personas humildes del pueblo por expresar sus opiniones.
Mi padre, un hombre valiente, y yo, que he intentado seguir su coraje, teníamos miedo de tocar el tema. Él sospechaba que muchas cosas me habían sucedido allí que yo no quería contar, y yo sospechaba que para él, un hombre dispuesto a lidiar con el diablo, Rodeo I lo había sobrepasado.
Lo mínimo que ocurrió en Rodeo I es que un cobarde —porque el coronel Rincones lo era, igual que su jefe— el día que me enteré de que mi madre había sufrido un ACV, recibió mi petición de que llamara al coronel Gramcko Arteaga y cumpliera su palabra, algo que supe después que nunca tuvo. Entonces inicié una huelga de hambre con la única exigencia de que me trasladaran a ver a mi madre. Yo estaba secuestrado, acusado de terrorismo, traición a la patria y conspiración.
El delito de traición a la patria lo habían fraguado manipulando una conversación mía con Anaida Haas, jefa de la sección política de la Embajada de Estados Unidos en Venezuela, que entonces operaba desde Bogotá y hoy es jefa para la zona andina del Departamento de Estado.
Tiburón, como se hacía llamar el coronel Rincones, ordenó a Leonidas —el mismo sanguinario responsable de los tratos contra el preso político Víctor Quero, alias Quantico— que me amarraran. Me llevaron bajo engaño a hablar con Tiburón y, al llegar, diez custodios liderados por Leonidas y supuestos “médicos” encapuchados, sin rostros, me amarraron y esposaron de pies y manos. Luego me abrieron la quijada a la fuerza, me bajaron los pantalones e introdujeron una manguera gruesa por el pene y otra por la nariz que me metieron hasta la garganta. Sin anestesia y ante mi resistencia, vomité y me rompieron las fosas nasales. Así empezaron a meterme líquidos por esa manguera mientras la otra servía para que orinara, manteniéndome amarrado e inmovilizado durante semanas.
Después comenzaron a inyectarme el llamado “suero de la verdad” y una experimentación con diversos métodos de tortura y sugestión, de los cuales mucho no podré contar jamás.
Mientras hablaba esto con mi padre, él me contó todo lo que le decían y lo que tenía que pasar antes de entrar a Rodeo I. Fue una conversación muy difícil, porque Rodeo I, ya lo he dicho, no es una cárcel: es un centro de experimentación con seres humanos, creado por un cobarde que, el día que tuvo que defender y disparar en cumplimiento del juramento hecho al presidente Maduro, se escondió como una rata. Porque así son los torturadores: cobardes. Para hacer su trabajo primero tienen que someterte, amarrarte, porque te necesitan inmovilizado.
Días después de aquella conversación, mi tío Lujito me contó que mi padre siempre temía que en cada visita le dieran la noticia de que yo estaba muerto. Y que le había dicho que el día que eso ocurriera, compraría un explosivo, se lo amarraría al cuerpo, iría en busca del director Tiburón, se abrazaría a él y estallaría junto con él a plena vista. Mi tío me lo contó y yo guardé silencio. Porque he visto muchas cosas de mi padre, y a quienes me leen hoy les puedo jurar y asegurar por la vida de mis hijas que mi padre era capaz y lo habría hecho. A la única persona que le tengo miedo en este mundo es a mi padre.
Hace algunos años, el periodista Argenis Darienzo me dijo a la salida de un programa de radio que yo dirigía: “Cámbiate ese nombre y ponte Leo, porque la gente no va a recordar ese nombre: Leocenis García, es muy complicado”. Yo tenía entonces 19 años. Llegué al barrio El Silencio, donde vivíamos en Maracaibo, y le dije a mi padre: “Papá, Argenis Darienzo me dijo esto”. Mi padre me respondió: “Compadre, usted le va a poner a mi nombre los honores que yo no pude, porque yo soy un buhonero”.
Al pasar los años, solo puedo decir que llevar este nombre de mi padre, Leocenis García, es una gran responsabilidad. Porque mi padre es muchas cosas: coraje, valentía, lealtad, pero sobre todo es un patriota del pueblo, que ama la patria, la familia y a Dios, grande y poderoso.
Fuente:
El Nacional








